El episodio, bastante prosaico, normal en un ciudadano de a pie, apunta a que es verdaderamente el propio Trump quien, sin demasiado control, maneja su cuenta de Twitter, quien se despierta a horas intempestivas para decir alguna barrabasada, insultar a alguien o desautorizar a sus servicios de inteligencia. El problema es que desde el 20 de enero el tuitero en cuestión es el líder de la mayor potencia y su mensajeo febril adquiere rango de problema de Estado —a veces, de conflicto mundial—, como cuando suelta bravuconadas contra una amenaza nuclear como es la dictadura de Corea del Norte, advierte de una guerra comercial a Alemania o acusa a sus propias fuerzas de seguridad de estar poniendo en marcha una “caza de brujas”.
El caso de la noche del martes, con las continuas contradicciones de miembros del Gobiernos y las rectificaciones permanentes, contribuye a la sensación de improvisación que cunde en torno al Ejecutivo más poderoso del mundo. Trump gobierna como tuitea y su mayor riesgo se resume en covfefe.
Para muchos académicos resulta fascinante. “A los politólogos e historiadores les ofrece un punto de vista muy interesante; permite ver sus ideas y pensamientos en tiempo real, aunque generen polémica”, dice Michael Bitzer, profesor de Políticas e Historia. “No hay precedentes para este estilo. Franklin Delano Roosevelt tenía esas charlas junto a la chimenea y Nixon tenía las grabaciones privadas, pero esto, mejor o peor, no tiene precedentes”, añade.



